Los concertistas salvajes

Los concertistas salvajes: 4

7 Julio 2009 · Dejar un comentario

Cuatro: ilustración de Sam / www.musiclife.com.mx

Cuatro: ilustración de Sam / www.musiclife.com.mx


Un hombre pierde la cordura después de 4 tragos; una mujer después de 4 besos

Henry Louis Mencke

Las cuatro con cuatro de la tarde. Una pertinaz lluvia anuncia la próxima llegada del verano. Ryuichi Sakamoto suena en el estudio. Uno de mis gatos reposa sobre el aparato de sonido al amparo del calor que desprende el amplificador y de la banda sonora de la película Tony Takitani. Mientras bebo el sorbo de un café casi frío, pongo punto final a la columna que escribo cada mes para Music Life Magazine. El texto versa sobre la recientemente anunciada reducción de personal en el sello británico Decca y los drásticos cambios que algunos vaticinan ocurrirán en la mermada industria discográfica. Imprimo el documento y lo reviso por última vez. Me deja satisfecho. Coloco las manos sobre la nuca y me estiro en la silla. Después de algunas horas de trabajo, no puedo evitar sentir cierto dejo de felicidad. Por primera vez en varios meses, logro terminar mi colaboración con un par de días de anticipación. Pienso qué haré con el tiempo que me quedará libre. Por fin podré terminar unos pendientes que llevo arrastrando por semanas. Quizá me tome la tarde y le quite el celofán a una novela de Murakami que lleva varios días varada sobre mi mesa de trabajo. Me dispongo a enviar el texto por correo electrónico, justo cuando recibo un mensaje en la bandeja de entrada, un mensaje de mi editor. Lo leo intrigado. Detengo la vista en una líneas que dicen: “Espero no cambiarles la jugada de manera abrupta. Quisiera pedirles como un favor especial que en esta ocasión, sus columnas fueran relacionadas de alguna manera con el número cuatro”. Digo adiós a mi tarde libre leyendo a Murakami y sospecho que esos pendientes continuarán en espera. Preparo más café. Y me vuelvo a sentar frente a la laptop.

Cinco con cuarenta. No he avanzado gran cosa. Pienso en el Concierto para corno No. 4 de Mozart, en el Concierto para piano No. 4 de Rachmaninov, en el Concierto para violín No. 4 de Paganini. La página sigue casi en blanco, excepto por el número cuatro instalado en el título. Pienso en los puntos cardinales, los jinetes del Apocalipsis, en Dumas y el cuarto de los mosqueteros, en los cuatro temperamentos y en los elementos esenciales. Quizá podría escribir sobre las Cuatro estaciones de Vivaldi, las de Haydn, las de Piazzolla; pero después de unos cuantos sorbos al café y algunos minutos con el cursor danzando monótonamente me doy cuenta que referirme al tiempo estacional no funciona en lo absoluto. En el aparato burlonamente suenan las Cuatro piezas para circo de Bloch.

Me levanto y voy directo a los anaqueles en los que reposan mis discos. Después de algunos instantes de recorrerlos decido tomar algunas de mis cuartas sinfonías favoritas. Tal vez no sea mala idea abordar aquella forma musical y hablar de su estructura clásica compuesta habitualmente por cuatro movimientos. Elijo las de Nielsen, Bruckner, Mahler y Sibelius. Escojo una al azar. Inserto el compacto en el equipo y vuelvo a sentarme frente a la computadora. Pienso que si se tratase del tercer aniversario de Music Life Magazine, entonces escribiría sobre la Sinfonía No. 3 de Beethoven, la Heroica, la que el compositor dedicó a Napoleón… Napoleón que decía que un periodista es un plañidero, un censor, un consejero, un regente de soberanos y un tutor de naciones… y que cuatro periódicos hostiles inspiran más miedo que mil bayonetas. Me pregunto si esa descripción también aplica para los periodistas musicales y si en los tiempos de Napoleón los editores también cambiaban la jugada de último minuto. La Cuarta sinfonía de Nielsen se acaba y la columna sigue atorada.

La tarde avanza. La hoja (virtual) sigue en blanco. La obertura de Otello de Rossini suena en el iTunes. Al compositor italiano le gustaba decir que escuchaba a Beethoven una vez por semana, a Haydn cuatro y a Mozart cada día. Recuerdo que este es el año en que se cumplen doscientos de la muerte del músico más importante para el desarrollo de las formas del periodo clásico. Después de todo no me parece mal referirme a Haydn… a sus 104 sinfonías, pero sobre todo a sus cuartetos, que se consolidarían como género a partir de su talento. Repaso algunos de mis favoritos, escucho un par de ellos. El teléfono suena. Un vendedor en algún lugar de Latinoamérica trata de convencerme de cambiar de proveedor de telefonía de larga distancia. Le explico que la primer larga distancia que tengo en meses es su llamada. Me lleva 40 segundos deshacerme de mi insistente interlocutor. Cuando por fin lo consigo, la idea de relacionar a Haydn con el número cuatro ha perdido intensidad. El café se terminó. Preparo más.

Seis y veinte. Weirdo de Miles Davis suena en el equipo de audio. Weirdo que forma parte de un disco llamado Four. No avanzo en lo absoluto. Me levanto y doy unos cuantos pasos por el estudio. Pienso en asesinar a mi editor. Después de todo es él quien me ha metido en este embrollo cuando ya había terminado mi columna sobre Decca y los cambios que se avecinan en la industria de la grabación. Recuerdo que Ambrose Bierce dice que además del homicidio criminal existen tres tipos más: el excusable, el justificable y aquel que es digno de elogios. Pero luego recuerdo que mi editor es antes que nada mi amigo y pienso en las tres o cuatro últimas entrañables juergas que hemos compartido. Así que desisto y me siento a escribir otra vez.

A mi mente vienen los Cuatro interludios marinos de Britten, las Cuatro últimas canciones de Strauss, la música para 4 manos y creo que la escritura de esta columna me parece una labor tan titánica como escuchar de corrido la Tetralogía del Anillo del nibelungo de Wagner. Pienso que el número cuatro no me cae tan bien. Después de todo, cuatro fueron los años que viví con mi ex mujer. A mi mente viene lo que Norman Mailer decía sobre las cuatro etapas del matrimonio: antes que nada la conquista, luego las nupcias, después los niños y, finalmente, aquella etapa sin la cual es imposible conocer a una mujer: el divorcio.

En el aparato suenan las Cuatro secciones (de la orquesta) de Steve Reich. Me pregunto que estarán escribiendo el resto de los columnistas, particularmente aquellos que son mis amigos. Casi sucumbo ante la tentación de tomar el teléfono y marcarles para averiguar de qué trata su texto. Después de todo, ellos siempre se han expresado en términos muy elogiosos  sobre los míos. ¿Pero si aquello que decía Blaise Pascal es en realidad cierto?… aquello  sobre que no habría cuatro amigos en el mundo entero si todos supiéramos lo que en verdad dicen los demás sobre nosotros.

Goethe escribió que todo lo que un ser humano desea puede ser dividido en cuatro categorías: amor, aventura, poder y fama. Yo lo único que quiero es terminar esta columna. Y con suerte aún tener unas cuantas horas para leer a Murakami.

Siete y veinticuatro. Pienso lo que Yogi Berra, el legendario entrenador de los Yankees haría en mi lugar y, proverbialmente, viene a mi mente una de las frases legendarias que el viejo beisbolista expresó para referirse al secreto de su éxito: “generalmente tomo una siesta de dos horas, de la una a las cuatro”. Es momento de desistir. Apago la computadora. Me dispongo a dormir un rato. Tal vez mañana las palabras vengan sin dificultad. Para acompañarme pongo en el aparato de sonido 4:33 de John Cage.

Columna publicada en la edición de junio de  Music Life Magazine

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